El Campo 1: la autocorrección del manuscrito

Tras terminar el libro, toca corregir lo escrito

El primer borrador está concluido. Ahora hay que revisar el manuscrito. El proceso de autocorrección es árduo pero necesario. Hay que buscar y eliminar errores ortográficos, tipográficos y gramaticales.

Todo llega

“Bueno, ya he terminado la novela”. No pude evitar tener un pensamiento de orgullo cuando tecleé la palabra “Fin”. Me sentí mitad aliviado y mitad feliz. Había sido capaz de juntar un gran número de palabras en una historia que, al menos en teoría, tenía sentido y podría proporcionar un rato de esparcimiento a sus potenciales lectores (ya solo quedaba encontrarlos y traerlos, aunque sea a rastras).

Escribir un libro es como despegar de la tierra y aterrizar en la luna. Un logro indudable. Después de hacerlo, falta plantar un árbol y tener un hijo para cumplir las tareas básicas del ser humano (a mí ya solo me queda pendiente la parte vegetal). Pero, amigo, ahora hay que salir de la luna y volver a casa (léase publicarla). Y como todo el que alguna vez ha escalado, aunque sea una colina, yo sabía que bajar es más complicado que subir (una de esas paradojas infames: ¿descender no debería ser más fácil, dado que la fuerza de gravedad te acompaña?).

Siguiendo con la metáfora alpinista, mi intención es recoger en una serie de entradas el proceso desde el momento en el que el primer borrador está listo hasta que se pone el pie en esa cima mítica que supone su publicación. Intercalaré información sobre mi caso específico (el libro que trato de poner a disposición de los incautos que se atrevan a leerlo) con lo que voy aprendiendo, me van indicando o me voy encontrando. Hasta donde llegaré o si haré cumbre, no lo sé. Pero seguro que el viaje merece la pena.

De momento, asumamos que estoy en el Campo Base (he finalizado la primera redacción). Y estoy ansioso por salir cuanto antes.

Pero antes de partir…

Uno de los consejos que he leído con más frecuencia es el de aparcar el tema durante una temporada. Guardar (virtualmente) el manuscrito en un cajón y salir a que te dé un poco el sol (complicado en estos tiempos de pandemia). Ahora puedo decir que estoy de acuerdo. Una vez terminas de escribir el texto, lo último que te apetece es ponerte a releer, página a página, lo que tanto tiempo te ha costado pergeñar. Así que sí, es bueno alejarse, dedicarse a otra cosa unas semanas (o meses). En algún momento te vuelve el gusanillo de “¿qué hago con la cosa esa que escribí?”. Y cuando llega ese sentimiento hay que prepararse para currar de lo lindo.

El día es soleado, comencemos la ascensión

Saliendo del Campo Base, el primer objetivo es llegar al que llamaremos Campo 1, que no es otro que autocorregir el manuscrito. Porque, y esto lo reconoces sin problemas, la cosa es legible, pero poco más. Si revisas una página al azar, te das cuenta de que hay errores de tecleo, acentos mal puestos, coletillas, repeticiones, exceso de adjetivos, discordancias de tiempos verbales, frases convolutadas (¡cómo me gusta este palabro!) y mil y un problemas más.

El librillo del escritor apañado nos dice que hay dos tipos de corrección: la ortotipográfica (que elimina en la medida de lo posible las faltas de ortografía y los errores tipográficos) y la de estilo (que no te va a cambiar el estilo, sino a ayudarte a que lo que has decidido contar lo expreses de una forma eficaz y correcta, suprimiendo problemas gramaticales). La asociación Unión de Correctores tiene un Decálogo para encargar la corrección de un texto donde explica en que consisten estas operaciones de encerado y abrillantado.

Sonriente y ansioso por comenzar la revisión

Dedicando algo de tiempo a buscar en Internet, encontré multitud de correctoras (como casi todo lo relacionado con la literatura, la inmensa mayoría de personas que se dedican a este oficio son del género femenino). Y se pueden hacer dos cosas:

a) contratar el servicio y enviarle a la sufrida correctora el texto sin más, en plan, “que se lo curre, que para eso le pago”.

b) primero tratar uno mismo de corregir lo más posible, para que lo que envíes no la impulse al suicidio y el resultado final sea mejor (corrección de experto sobre tu corrección de amateur).

Llegados a este punto, yo tenía una duda a resolver antes de nada. Me preguntaba si lo que yo había redactado poseía una calidad mínima que diera sentido a emprender este bonito viaje de pulir el manuscrito hasta entregarlo a sus potenciales lectores (recordemos, esos a los que al final tendremos que traer a rastras). Dicho de otra manera, más prosaica, ¿me pongo a echar horas como un tonto y a gastarme los dineros en la búsqueda de editorial o agente y/o en servicios editoriales, sin saber si el libro es una mierda pinchada en un palo? Perdón por la brusquedad, pero es que el tema es pelín peliagudo (¿qué pasa? ¿Te molestan las aliteraciones? ¿O es una paronomasia? ¿Por qué le ponen esos nombres a las figuras retóricas?). Seguro que volveré a hablar de esta duda fundamental más adelante, pero puedo anticipar el spoiler de que sigo sin encontrar la respuesta.

Así que tiré por la calle de en medio (el nombre que le doy a mi estrategia habitual de continuar como si nada cuando no tengo ni pajolera idea de por donde seguir). Decidí que iba primero a autocorregir mi novela para ponerla (algo más) presentable y luego ya, si eso, encargaría una corrección de verdad y decidiría los siguientes pasos.

¿Y qué es lo que hay que corregir en un primer borrador? Casi nada, diría yo. Por dar una idea de partida, cito algunas frases de personas que saben de esto, recogidas de Las mejores frases sobre el arte de escribir:

  • “La papelera es el primer mueble en el estudio del escritor” (Ernest Hemingway).
  • “El arte de escribir consiste en decir mucho con pocas palabras” (Antón Chéjov).
  • “La perfección se logra, no cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no queda nada más por quitar” (Antoine de Saint-Exupéry).

¿Qué? ¿Cómo te has quedao, mi arma? Malas noticias, el primer borrador es justo eso, un primer borrador. Ahora hay que arremangarse y meterse en faena. Vayamos por etapas.

La semicorrección

Con la mejor de las sonrisas, me dispuse a abordar un complicado, y muy tedioso, proceso de semicorrección que abarcara los aspectos ortotipográficos y de estilo. Y digo “semi” porque no soy un profesional de la materia y porque es difícil para uno mismo encontrar lo que de partida no hace bien.

Comencé por la parte ortotipográfica. En mi caso tengo muchos puntos débiles, como el uso de por qué / por que / porqué. Conozco la teoría, pero mi cerebro se niega a aplicarla. También me peleo con el acento de solo. De niño se me grabó a fuego lo de acentuarlo cuando se puede cambiar por solamente. Pero la Real Academia decidió innovar y ahora ya no se acentúa. No sé las veces que tengo que retroceder y quitar la tilde que he puesto de forma inconsciente…

En fin, que uno debe tratar de identificar sus problemas ortográficos y dedicar tiempo y esfuerzo a repasar el manuscrito. Es un trabajo ingrato, pero cuando te dan ganas de maldecir en arameo tan solo hay que pensar en cómo debía ser el proceso antes de disponer de la función de búsqueda del editor de textos… (por no mencionar lo complicado que es encontrar un diccionario de palabras gruesas en arameo).

¿Encontraré algún acento colocado en su sitio?

La parte buena es que se trata de una tarea que se puede hacer casi en piloto automático. Hay reglas y se trata de aplicarlas.

A mí esta etapa me llena de vergüenza. Cuando leo los artículos que voy a reseñar no puedo evitar pensar “no saber esto es de primero de primaria” o “estoy seguro de que lo aprendí en su día y no entiendo cómo se me ha olvidado”. Pero la realidad es la que es. Nunca (creo poder afirmar) voy a confundir “haber” con “a ver”. Pero no apostaría mi hacienda a que alguna vez se me escape un “aun” o “aún” incorrecto. Así que, salvo que seas profesional del sector, cuidadín querido conductor…

Eliminando esos vicios

En la siguiente etapa la cosa se complica. Ahora se trata de eliminar coletillas y vicios. Pero si son mis coletillas, ¿cómo las identifico? Y yo que sé… mira que me jode hacerme a mí mismo preguntas complicadas…

Bueno, recurriré a gente que sabe más que yo, al fin y al cabo eso abre de forma desmesurada el abanico de posibilidades.

Esta etapa te puede llevar fácilmente semanas. Porque la cantidad de chicles, barro y sanguijuelas es apabullante y porque no siempre es fácil dar con una redacción alternativa que suene bien y te satisfaga. En mi caso, reducir la invasión de sanguijuelas que se habían hecho fuertes en el libro resultó un trabajo largo y penoso.

Claro que cuando me puse manos a la obra con las repeticiones la cosa mejoró (aquí, fina ironía). Es entonces cuando los diccionarios de sinónimos echan humo. ¿Por qué ocurre tantas veces que has utilizado una palabra que significa con precisión lo que tu quieres dar a entender (y por eso la has repetido sin darte cuenta cuatro veces en dos líneas), y sin embargo ninguno de los sinónimos que encuentras transmite los mismos matices? ¿Es una maldición del lenguaje castellano? ¿Los escritores en swahili (ya que hemos descartado el arameo) tienen los mismos problemas? Quizás no sea tan complicado aprenderlo, puede que hasta sea una lengua romance. A lo mejor si me traslado a vivir a Tanzania…

Tras contar los “pues eso”, los “así que” y los “qué fuerte, tía” del manuscrito original

Pulir no tiene fin

Pero aún quedan etapas para llegar a meta. Maldito Tour de Francia. Como soy masoquista, busco qué más puedo hacer. Y ya que Internet es infinita, lo encuentro. Muchas cosas, muchos consejos de gente que ha tenido la generosidad (y esto va sin un ápice de ironía) de compartir su conocimiento del tema. Así que recopilo una lista de indicaciones útiles:

Eliminar al máximo los adverbios terminados en -mente

No es fácil y hay ocasiones en las que me parece un error, puesto que acabas escribiendo una frase más complicada que la original. Pero en la mayoría de las ocasiones puede hacerse.

Trocear las frases convolutadas (¿ya he comentado lo que me gusta este palabro?)

Una frase debe ser corta. Nunca más de 35 palabras. Salvo excepciones. Las frases cortas se leen mejor. Es indudable. La prosa debe ser limpia. Alargar ofusca. Lo simple siempre es mejor. De otra forma, el lector se pierde. O se aburre. Lo cual es peor.

En fin, ya lo pillas, ¿no? Se trata de un consejo polémico. Yo lo traduciría por “trata de escribir de forma comprensible”. Cada escritor tiene su estilo y se puede disfrutar igual de Albert Camus que de Javier Marías, por poner dos ejemplos contrapuestos. Lo que seguramente se quiere decir es que, cuando se es un escritor primerizo y no se domina el oficio, es recomendable tratar de simplificar. Un texto escrito con frases cortas se lee con más facilidad que otro redactado con multitud de oraciones subordinadas. Pero si tu estilo tiende a esto último, no pasa nada, tan solo vas a necesitar hacerlo muy bien para que los lectores no huyan (aún más de lo que suelen hacerlo en cualquier caso).

Por lo que a mi respecta, tiendo a alargar las frases en demasía. Y en muchos casos no me resultó fácil dividirlas porque me parecía que, de alguna manera, se perdía el hilo conductor. Pero lo seguiré intentando…

El gerundio es maaaalo

Evitar en lo posible utilizar el gerundio, sustituyéndolo por el indicativo. Y no caer en el error, tan habitual, del denominado gerundio de posterioridad.

Marie Kondo pensaba en el escritor novel cuando ideó su método

Tras aniquilar (la mayoría de) coletillas y vicios del lenguaje, el tamaño del libro se ha reducido. Aún así, muchos expertos recomiendan continuar con las tijeras de podar. Hay quien sostiene que, tras la corrección, el texto debe perder como mínimo un 10% de su extensión original. Debemos aligerar la acumulación de adjetivos, eliminar incluso escenas colaterales que no hacen avanzar la trama ni son esenciales para entender a los personajes, sustituir expresiones complicadas de entender por palabras simples.

Y si esto es insuficiente, siempre queda la posibilidad de borrar una de cada tres palabras entre el título del libro y su última página. Con alguna de las cosas que he escrito no se nota mucha diferencia…

Esto es un infierno, no siento las piernas

Tras hacer todo lo mencionado y otras cosas que averigüé o me recomendaron, el resultado es un segundo (o tercer o quincuagésimo sexto borrador, dependiendo de la nomenclatura utilizada) del que estoy más orgulloso que del primer manuscrito. Ahora su lectura es más agradable y su aspecto más profesional. ¡He llegado al Campo 1!

En el caso de mi novela, desde que terminé de escribir el primer borrador hasta que abordé el proceso de autocorrección pasaron casi dos meses, en los que me mantuve alejado por si mordía. Tras ese descanso, el trabajo de revisión en sí me ocupó otros dos meses, a una media de tres horas diarias. Excuso decir que desconozco si estos tiempos son razonables o disparatados, en un sentido u otro.

Para terminar, un artículo de Esther Magar en el que resume de forma concisa el proceso de revisar un texto (en un sentido más global): 10 consejos para corregir una novela… y el secreto para publicarla.

¿Por qué no elegí trabajar de hombre bala en el circo?

Habrá quien me preguntará “¿por qué no lo has puesto al comienzo de la entrada y te ahorrabas este rollo macabeo?”. Pues por eso, porque quería hacerte sufrir leyéndolo, para que te hagas una idea, remota, de lo que vas a padecer cuando corrijas tu manuscrito. De nada 😉

Foto de tiendas en campo nevado por Simon Berger. Fotos de hombre trabajando por Thirdman.

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1 comentario en «El Campo 1: la autocorrección del manuscrito»

  1. La corrección siempre es complicada. Te entiendo, al hacer un álbum fotográfico o montar un vídeo sé lo que es revisar muchísimas veces algo para que quede bien o por lo menos para que a ti te parezca bien…
    La web me gusta mucho.

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